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ESCRITORES/AS INVITADOS/AS

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SARAMAGO, GALEANO Y FIDEL

LOS HERALDOS NEGROS

Cesar vallejo

cesar vallejo

Hay golpes en la vida, tan fuertes ... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas obscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
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Gala de Carnaval
Y las máscaras se echaron a andar

El cabaré se fue poblando de hombres heridos en el corazón o de fantasmas, de crápulas libidinosas que cruzaban el umbral aluzados por la luna y de señores honorables que se escabullían desde la sombra.
José Rafael Lantigua


El ámbito de lascivia, procacidad, hipocresía y desenfreno que define la historia de Carnaval de Sodoma, se construye sobre una gramática narrativa que fragua, desde sus convergencias y divergencias, una estrategia vinculante entre la realidad y la ficción.
Esa gramática narrativa está normada por una dialéctica lexical fundamentada, con objetivos precisos, en el habla vulgar y coloquial que la ejemplifica, como estrategia que define el territorio de la novela y marca las huellas interiores que impulsan su trama.
El narrador levanta, sobre los andamios desafiantes e irreverentes del Royal Palace, una historia sujetada por la máscara como símbolo de disimulo y revelación, donde cumplen roles de escarnio, sensualidad y pendencias acres, personajes múltiples que transitan sobre un miasma de podredumbre humana de repercusiones infames.
La más reciente novela de Pedro Antonio Valdez es un cruzamiento de vacíos existenciales y de sueños paradójicos sobre los cuales se teje y desteje una realidad que el narrador-testigo enuncia con sus vértigos plasmantes sin liberarla de la sordidez imantable que la motiva. En trece libros y sus codas, el narrador ensambla una historia de perdición y liviandad, contemplada -condenada, sufrida- beatíficamente desde los atrios penumbrosos de la catedral vecina que miran constantemente sobre el antro de pecado donde el hecho carnal convida a la pasión y al delirio, al juego desordenado del cachondeo y a la esplendidez bastarda de la feria de los sexos.
Tras el argumento que mantiene en vilo al lector durante todos los tramos de la novela, se retrata sin ambigüedad la sociedad brutal, abigarrada y cruel, la cotidianidad de absurdos, las ficciones cueriles y los símbolos herméticos que se arrojan inclementes bajo la irónica descripción del narrador que no se detiene en la mofa social y en la reveladora singladura de los naufragios humanos. Con prosa que fluye entre asombros, incisivas evaluaciones de los detritus humanos que pueblan la historia, sin luces refractarias que diluyan su objetivo, la narración se conduce sobre una estructura donde cumplen funciones diligentemente delimitadas aspectos tales como: los títulos y entretítulos de los capítulos, las formas verbales, los retratos de ambiente, el manejo de referencias y los conocimientos eclesiásticos, bíblicos, herméticos y de la literatura oriental. No es sólo la gala de carnaval que tiene lugar en el Royal Palace la que explica las a veces insondables maneras del ser humano, en su más variopinta expresión, sino todo el relato que convida al conocimiento del carnaval -del carnaval social, del carnaval del mundo- como un espectáculo sórdido, de fingimientos, falsías y crueldades. La veintena de personajes que forman el universo de esta narración se exponen como receptáculos fieles de las confusas desgarraduras humanas, en medio de un Changsán pervertido y una Lú-shi domada, un espiritualizado padre Cándido -candoroso enfermizo-, y un magreado padre Ponciano, un erotizado violinista y un frustrado poeta, travestis, tígueres de barrio y succionadoras hetairas. La construcción de estos personajes -hemos contabilizado 21-, constituye uno de los logros fundamentales de esta novela que tiene entre otras conquistas soberbias el ajustado manejo de la temporalidad y la espacialidad, el precisado tratamiento discursivo, los acopios referenciales cultos (en medio del léxico vulgar y los tópicos coloquiales dominicanos), y -elemento de especial destaque- la administración de los detalles, esos puntos luminosos de la narración donde se expone el genio y se manifiesta la maestría del conjunto.
La vinculación acción-narración se combina de esos detalles, aparentemente nimios en el cuerpo del relato, que sin embargo pueblan su territorio con alcances reveladores, desde un tejido de asombros contínuos. El narrador explica la sexualidad como constreñimiento y alivio, como exaltación del deseo y emblema de rijosidad, como desenfreno de la carne y como palabra pervertida, como acción quemante y bastardía de los sentidos. El retrato de las élites, los coitos cifrados, los sueños gatunos, la misteriosa presencia de la Princesa de Jade, las teorías vinculantes (la teoría del orinar es una de ellas), las obsesiones del narrador (Pedro el Cruel), el bestiario y el Kamasutra de Maipiolería en la que creo haber contado diez mandamientos, constituyen momentos memorables de esta novela sobre los cuales se levanta la realidad que enuncia. Realidad, hemos dicho. ¿A qué se parece la realidad?, pregunta Marc Petit en Elogio de la ficción (Espasa: 2000). Si hemos de creer -escribe- a todos esos que no tienen otra palabra en la boca y dedican su tiempo a retratarla, la realidad es un lugar bastante triste, vestida con ropas raídas de color apagado, y que suele merodear por los suburbios dispuesta a jugarnos una mala pasada.
Carnaval de Sodoma es una novela de la realidad transida, del traqueteo de los cuerpos, de la sedienta dinámica de la libido subalterna. Se construye sobre una gramática lexical de lo vulgar y el pensar culto, letrado. Prosa deshuesada y prosa-masa, prosa hecha del corretaje ordinario y prosa elaborada en lecturas religiosas y referencias culturales varias. El narrador obtiene logros sorprendentes, especialmente en el manejo de cada apartado de la narración, en la construcción de su estructura ambiental y en ovillar con destreza que alcanza la perfección el argumento y sus historias conexas, sin dejar nada fuera de su cauce.
No escapa al interés del narrador los guiños críticos a escritores y generaciones literarias, sus burlas poéticas y sus entramados combados, con sus reprensiones, choteos, cerumen y cabalgaduras cifradas. El narrador cuelga todo sobre el tendedero y el carnaval se muestra solícito en su desnuda sinuosidad, en su curtida vigorosidad.
Dos elementos de los que queremos dejar constancia. La descripción del coito del violinista constituye seguramente una de las piezas mayores de la narrativa erótica en la literatura dominicana. La novela es una referencia clave para la escritura de un diccionario de malapalabras criollas. Y la gala de conocimientos y referencias culturales específicas que exhibe esta obra maestra de nuestra narrativa no se había conocido antes en la novela dominicana, salvo en lo que respecta al manejo lexical, desde otro ángulo, y el acopio histórico-cultural en Las devastaciones, de Carlos Esteban Deive. Las referencias culturales de Valdez son de otro tipo y en ese tenor, por tanto, son excepcionales.
Carnaval de Sodoma, es la novela dominicana más trascendente de la literatura dominicana de los últimos treinta años. Cada novela tiene su perfil y carga su aparejo para situarse epocalmente en el lugar que le corresponde. Esta de Pedro Antonio Valdez sobrepasa con creces cualquier estimado crítico de trascendencia real, por lo que es sin duda una pieza a degustar al mismo tiempo que se la coloca en un sitial preferencial entre las diez o veinte mejores novelas dominicanas de todos los tiempos. Para un narrador joven, que ya antes produjo una novela singularísima como Bachata del ángel caído (1998), llegar a este tramo de su carrera con una pieza novelística de la calidad de Carnaval de Sodoma es una credencial que lo sitúa desde ya en franca competencia con los mejores novelistas nuestros.

LOS ARTICULOS PUBLICADOS EN ESTA PAGINAS SON SELECCIONADOS DE OTRAS PAGINAS Y EN ALGUNOS CASOS ENTREGADO POR SU AUTOR/A

CULTURA,COMUNICACION Y RELACIONES PUBLICAS.

Por Juan Sanchez Piña.



Ventana | Ensayo
Cultura, comunicación y relaciones públicas
Es prudente tener en cuenta que el mayor peligro que acecha a cualquier sociedad es aquel que puede comprometer la capacidad de ésta para mantener su integridad. En consecuencia, es crucial que cualquier cosa que emprendamos la hagamos de tal manera que nos permita mantenernos unidos
James Musgrave y Michael Anniss. La dinámica de las relaciones públicas.
(Paidós Empresa 54. Pág. 24)
Juan Sánchez Piña


Recientemente nos reunimos un apreciable grupo de directores y encargados de las relaciones públicas de varias instituciones y de empresas radicadas en nuestro país y poco tardó para que surgieran las anécdotas de escollos e inquietudes que a diario afloran durante el ejercicio para las aplicaciones de las acciones que debemos tomar hasta lograr las metas propuestas en nuestras organizaciones laborales.
El 90% de los testimonios allí expuestos giraron alrededor de quejas relacionadas con la línea de mando que pone en situaciones irrelevantes el rol que debe jugar el director o encargado de la imagen de cada una de esas entidades.
Muchos de ellos hablaban con dejo de tristeza, de cómo habían sido reducidos a simples portadores de mensajes prediseñados por la alta gerencia con novedades informativas de larga elaboración, sin que se tomaran la delicadeza de hacerlos copartícipes; o hacer de animadores simpáticos durante los cumpleaños de ejecutivos y divas gerenciales.
Las razones de tales desaguizados en el lugar de trabajo debemos buscarlas, primero, en los componentes de la cultura organizacional prevaleciente; segundo, en la ausencia de una comunicación eficaz interna, y tercero, en los criterios empleados para la administración de los recursos.
Sólo una coherente aplicación razonable de estos tres componentes puede permitir la armónica participación del conglomerado gerencial y sus desgloses hacia las distintas esferas de la empleomanía y fundamentalmente hacia los blancos de públicos que perseguimos influenciar.
No debemos olvidar que cada uno de estos tres componentes, precisan de técnicas de aplicación y procesos de investigación, evaluación y de formación.
Pretender cambiar (método en manos) conceptos, hábitos y costumbres arraigados en la cultura reinante en nuestros gerentes y empleados es no haber entendido ni la cruz ni el calvario del relacionista.
Los directores y encargados de las Relaciones Públicas de sus respectivas organizaciones deben hacer ingentes esfuerzos por entender los fundamentos y contenidos de los objetivos principales de la organización, su base legal, el contexto social donde opera e insistir en conocer los planes a corto y mediano plazos y a partir de entonces, elaborar estrategias comunicacionales que le permitan interconectarse con el resto de la institución donde labora y con el exterior.
Y del exterior debemos tomar en cuenta que también lo rige un sistema cultural, dominado por un conjunto de valores y creencias, aceptados consciente e inconscientemente por la sociedad; por lo que se desprende que tenemos que ser cuidadosos en la selección de los medios y vehículos de comunicación al momento de asegurar la efectividad de los contenidos de nuestros mensajes.
Un detalle que nos llama poderosamente la atención es el relativo al arraigo que ha tomado en nuestro país La cultura de las noticias de primera página. Los medios escritos están contando con la suerte de que sus portadas son la fuente y la base de producción y sustentación de los principales medios televisivos y radiales, al extremo de que importantes hechos y sucesos pasan desapercibidos, o tibiamente considerados, por no haber alcanzado el privilegio de la primera plana. Ejemplos hay muchos, pero deseamos resaltar el Plan Decenal de Cultura, sometido al Congreso Nacional por la Secretaría de Estado de Cultura, y que es el fruto de la más amplia consulta democrática y popular realizada en toda la historia nacional en materia de Cultura. Pero este hecho permite comprender que la cultura organizacional predominante en las empresas que operan medios de comunicación de masas, lo cultural no es primordial; no es noticia que merezca la primera página, a pesar de lo que afirmen organismos como la UNESCO, la OEI - PNUD - BM - AID, y otros muchos organismos internacionales, sobre la base de que no hay verdadero desarrollo si no está apoyado en su componente cultural identidario y su rica diversidad multidisciplinaria.
A los colegas deseo advertirles que, en muchos casos, las estructuras en sí mismas y las posturas, acciones y planes puestos en marcha, aunque de modo vertical por muchos de nuestros gerentes, no distan mucho de los fines esenciales de nuestras organizaciones y que en tales casos las tareas a ejecutar estarán pautadas de manera automática y con una dosis de buena voluntad y cierto porcentaje de creatividad y dinamismo, la misión de la institución se podría estar cumpliendo, aunque la visión se nos presente con síntomas de ligera miopía.
El desarrollo y uso de las nuevas tecnologías en las comunicaciones con su lluvia de ideas, informaciones y ejemplos a seguir nos permiten crear las expectativas y la esperanza, de que las gerencias principales y sus soportes financieros harán prontamente conciencia de la importancia de la comunicación organizacional y de la necesidad de la investigación como base para contar con un diagnóstico estratégico que nos permita precisar la planeación y evaluar sus resultados.